Agua que sí has de beber

Imagina tomar un agua tan pura y fresca que satisfaga totalmente tu sed y que al entrar en tu cuerpo alivie tu cansancio y refresque plenamente tu ser.

Imagina dejar de sentir esa ansia de sentirte amado y sentirte de verdad amado por completo.

Imagina dejar de perseguir algo que te haga sentir completo, que llene el vacío, que algún día finalmente te haga sentir feliz y comenzar a sentirte pleno, completo y contento aquí y ahora.

Imagina dejar de intentar cambiar tu vida sólo para caer en lo mismo una y otra vez y sentir la transformación absoluta de tu vida desde lo más profundo e íntimo de tu ser.

Esa transformación de tu vida es posible y el pasaje de Jesús y la mujer samaritana ilustra como:

Jesús se enteró de que los fariseos sabían que él estaba haciendo y bautizando más discípulos que Juan (aunque en realidad no era Jesús quien bautizaba, sino sus discípulos). Por eso se fue de Judea y volvió otra vez a Galilea. Como tenía que pasar por Samaria, llegó a un pueblo samaritano llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob le había dado a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía. Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida.

En eso llegó a sacar agua una mujer de Samaria, y Jesús le dijo:

―Dame un poco de agua.

Pero, como los judíos no usan nada en común con los samaritanos, la mujer le respondió:

―¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana?

Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua —contestó Jesús—, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida.

―Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, vas a sacar esa agua que da vida? ¿Acaso eres tú superior a nuestro padre Jacob, que nos dejó este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y su ganado?

Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —respondió Jesús—, pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.

―Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni siga viniendo aquí a sacarla.

Ve a llamar a tu esposo, y vuelve acá —le dijo Jesús.

―No tengo esposo —respondió la mujer.

Bien has dicho que no tienes esposo. Es cierto que has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu esposo. En esto has dicho la verdad.

―Señor, me doy cuenta de que tú eres profeta. Nuestros antepasados adoraron en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde debemos adorar está en Jerusalén.

Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre. Ahora ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación proviene de los judíos. Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad,porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.

―Sé que viene el Mesías, al que llaman el Cristo —respondió la mujer—. Cuando él venga nos explicará todas las cosas.

Ese soy yo, el que habla contigo —le dijo Jesús.

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendieron de verlo hablando con una mujer, aunque ninguno le preguntó: «¿Qué pretendes?» o «¿De qué hablas con ella?»

La mujer dejó su cántaro, volvió al pueblo y le decía a la gente:

―Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Cristo?

Salieron del pueblo y fueron a ver a Jesús. Mientras tanto, sus discípulos le insistían:

―Rabí, come algo.

Yo tengo un alimento que ustedes no conocen —replicó él.

«¿Le habrán traído algo de comer?», comentaban entre sí los discípulos.

Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra —les dijo Jesús—. ¿No dicen ustedes: “Todavía faltan cuatro meses para la cosecha”? Yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura; ya el segador recibe su salario y recoge el fruto para vida eterna. Ahora tanto el sembrador como el segador se alegran juntos. Porque como dice el refrán: “Uno es el que siembra y otro el que cosecha”. Yo los he enviado a ustedes a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros se han fatigado trabajando, y ustedes han cosechado el fruto de ese trabajo.

Muchos de los samaritanos que vivían en aquel pueblo creyeron en él por el testimonio que daba la mujer: «Me dijo todo lo que he hecho». Así que cuando los samaritanos fueron a su encuentro le insistieron en que se quedara con ellos. Jesús permaneció allí dos días, y muchos más llegaron a creer por lo que él mismo decía.

―Ya no creemos solo por lo que tú dijiste —le decían a la mujer—; ahora lo hemos oído nosotros mismos, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo.

Juan 4:1-42

Ahora deja de imaginar.

Deja de imaginar y prueba el agua que sacia y el alimento que nutre que son La Palabra de Verdad y hacer La Voluntad de Dios.

Deja de imaginar y experimenta La Paz que sólo Dios te da; siéntete abrazado y acogido por El Amor infinito y verdadero.

Deja de imaginar y disfruta la tranquilidad y el contentamiento que provienen de saber que no te falta nada aquí y ahora.

Deja de imaginar y vive una vida abundante y transformada.

Deja de imaginar y decide recibir el agua de vida que Jesús te ofrece y satisface todo lo que anhela tu alma.

Imagina llenarte de un amor inmensurable. Imagina un gozo que fluye como manantial en el desierto. Luego deja de imaginar y vívelo por ti mismo. Deja todo atrás y acércate al pozo.

-Antonio Iván Colín Pichardo  2017

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